CRICK & WATSON

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EL INICIO DE UNA NUEVA CIENCIA, LA GENÓMICA

Ambos quedarán asociados para siempre al descubrimiento de la molécula de ADN, la molécula esencial de la vida en forma de doble hélice, componente de los genes que identifican a las especies y encierran las instrucciones de la vida de todos los organismos. 

Justa o injustamente, solo una minoría de investigadores acaban siendo mundialmente reconocidos, generalmente porque se les asocia a algún hito esencial de la historia de la ciencia reciente. Newton, Darwin, Einstein, Edison, Marie Curie… y la pareja Crick-Watson pertenecen, junto a algún otro nombre, a ese reducido grupo de figuras mundialmente valoradas. Aunque es probable que hubiera otros con los mismo méritos, si no más; como Tesla en el caso de Edison, Wallace en el caso de Darwin, e incluso Rosalind Franklin, en este caso… Pero la historia es inexorable: Crick y Watson quedarán asociados para siempre al descubrimiento de la molécula de ADN, la molécula esencial de la vida en forma de doble hélice, componente de los genes que identifican a las especies y encierran las instrucciones de la vida de todos los organismos. Hoy casi todo el mundo asocia ya esa molécula a la imagen de una especie de escalera en espiral, cuyos dos barrotes laterales se hubieran enrollado en forma de doble hélice.

De la importancia que la comunidad científica atribuyó al trabajo de estos dos investigadores da buena cuenta el hecho, sin duda infrecuente, de que se les concediera el premio Nobel apenas nueve años después del primer artículo donde exponían su primera idea, que carecía de la más mínima verificación experimental, aunque sí aportaba diversas pruebas indirectas. Conviene añadir que en el momento de aquella publicación en la revista Nature, en 1953, ninguno de ellos pertenecía a la élite científica: Crick era un físico inglés y Watson un zoólogo norteamericano, y ambos coincidieron en 1951, por casualidad, en el Cavendish Laboratory de la Universidad británica de Cambridge. Crick tenía ya 35 años y una carrera de físico reconvertido a bioquímico, en gran parte por culpa de la segunda guerra mundial –su tesis doctoral como físico sobre la viscosidad de ciertos líquidos quedó destruida por una bomba que cayó en el laboratorio donde trabajaba–, mientras que Watson era un joven investigador de 25 años, recién doctorado en zoología y con una beca de tres años para trabajar en el citado Laboratorio Cavendish.

RESULTA CURIOSA LA ENORME CAUTELA QUE DESTILAN LAS PRIMERAS PALABRAS DE AQUEL TRABAJO: “DESEAMOS SUGERIR UNA ESTRUCTURA DEL ADN QUE POSEERÍA NUEVAS CARACTERÍSTICAS DE CONSIDERABLE INTERÉS BIOLÓGICO”.

Al llegar a Cambridge, ambos se integraron en un grupo de trabajo dirigido por el jefe del Laboratorio, el Nobel de Física Sir Lawrence Bragg, uno de aquellos físicos eminentes que en la primera mitad del siglo xx dejaron los aspectos teóricos, tan sugestivos como abstractos, de la relatividad y la cuántica para aplicar su ciencia a la biología. El encargo que tenían aquellos científicos –entre otros, además de Crick y Watson, Maurice Wilkins, físico neozelandés, y Rosalind Franklin, cristalógrafa doctora en química y física– era determinar la estructura de la molécula de ADN, que ya se sabía a mediados de siglo que era compleja en su forma pero bastante simple en cuanto a su formulación química.

El caso es que apenas dos años después, y tras consultar los trabajos de Franklin con la complicidad de Wilkins –sin conocimiento de la investigadora–, Crick y Watson firmaron conjuntamente su famoso artículo de 1953, proponiendo la estructura en doble hélice. Resulta curiosa la enorme cautela que destilan las primeras palabras de aquel trabajo: “Deseamos sugerir una estructura del ADN que poseería nuevas características de considerable interés biológico”.

A mediados del siglo veinte, los biólogos eran conscientes de que la molécula de ADN era casi con seguridad la molécula de la vida, aunque había muchos investigadores que, quizá por razones religiosas –del mismo tipo que las que en su momento se adujeron en contra de las tesis de Darwin y Wallace–, negaban que el misterio de la vida pudiese ser reducido a una simple molécula. Pero ya se conocían las cuatro bases que constituían la esencia de ese ADN: A (adenina), T (timina), C (citosina) y G (guanina), aunque no se sabía cómo se integraban de forma estable en una molécula capaz de ordenar el funcionamiento de los individuos y de almacenar la información hereditaria para los descendientes.

Aunque Crick y Watson carecían de una sólida formación bioquímica, ambos poseían las características propias del buen científico, amén de cierta experiencia –sobre todo Crick– en el mundo de la interpretación de imágenes de radar o rayos X en estructuras microscópicas, e incluso de la relación existente entre las moléculas complejas –como las proteínas– y las características físicas de los seres vivos. Su idea fue elaborar modelos tridimensionales con varillas y bolitas, buscando una regularidad que le diera estabilidad a la unión de las cuatro bases conocidas, ATCG, con una estructura externa de soporte. Por su parte, Wilkins y Franklin usaban métodos experimentales basados en la difracción de rayos X al atravesar moléculas complejas; las figuras obtenidas podían aportar alguna idea acerca de la estructura general.

Al principio, Crick y Watson trabajaron con una figura tridimensional de tres hélices girando espirales enrolladas. Pero cuando vieron las famosas fotografías de difracción de Franklin, que tomó prestadas Wilkins –ella las guardaba celosamente bajo llave en su mesa–, se dieron cuenta de que sus ideas eran erróneas y que se trataba de una doble hélice, con las bases unidas dos a dos. Como una escalera de mano enrollada sobre sí misma, en la que los escalones fueran los pares A-T y C-G.

54 A mediados del siglo veinte, los biólogos eran conscientes de que la molécula de ADN era casi con seguridad la molécula de la vida, aunque había muchos investigadores que, quizá por razones religiosas –del mismo tipo que las que en su momento se adujeron en contra de las tesis de Darwin y Wallace–, negaban que el misterio de la vida pudiese ser reducido a una simple molécula. Pero ya se conocían las cuatro bases que constituían la esencia de ese ADN: A (adenina), T (timina), C (citosina) y G (guanina), aunque no se sabía cómo se integraban de forma estable en una molécula capaz de ordenar el funcionamiento de los individuos y de almacenar la información hereditaria para los descendientes.

Aunque Crick y Watson carecían de una sólida formación bioquímica, ambos poseían las características propias del buen científico, amén de cierta experiencia –sobre todo Crick– en el mundo de la interpretación de imágenes de radar o rayos X en estructuras microscópicas, e incluso de la relación existente entre las moléculas complejas –como las proteínas– y las características físicas de los seres vivos. Su idea fue elaborar modelos tridimensionales con varillas y bolitas, buscando una regularidad que le diera estabilidad a la unión de las cuatro bases conocidas, ATCG, con una estructura externa de soporte. Por su parte, Wilkins y Franklin usaban métodos experimentales basados en la difracción de rayos X al atravesar moléculas complejas; las figuras obtenidas podían aportar alguna idea acerca de la estructura general.

Al principio, Crick y Watson trabajaron con una figura tridimensional de tres hélices girando espirales enrolladas. Pero cuando vieron las famosas fotografías

A MEDIADOS DEL SIGLO XX, LOS BIÓLOGOS ERAN CONSCIENTES DE QUE LA MOLÉCULA DE ADN ERA CASI CON SEGURIDAD LA MOLÉCULA DE LA VIDA, AUNQUE HABÍA MUCHOS INVESTIGADORES QUE, QUIZÁ POR RAZONES RELIGIOSAS, LO NEGABAN.

La exclusión del nombre de Rosalind Franklin en la publicación de aquel artículo parece cuanto menos criticable. Es más, cuando en 1962 se les concedió el Nobel a Crick, Watson y Wilkins, se dio a entender que sin los trabajos del tercero no habrían podido los dos primeros llegar hasta donde llegaron; pero de Franklin nadie pareció acordarse. Bien es cierto que había fallecido en 1958 y, por tanto, no hubiera podido recibir el Nobel. Pero luego se supo que jamás había estado nominada en los años previos, como sí lo habían estado los otros tres. Una más de las no pocas injusticias de los premios Nobel…

Por cierto, tanto Crick como Wilkins fallecieron a los 88 años, en 2004 (curiosamente, nacieron y murieron con pocos meses de diferencia). Watson vive en California y en abril de 2012 cumplió 84 años. Muchos de sus comentarios homófobos y racistas han resultado muy polémicos y han provocado el rechazo del mundo científico y de numerosos grupos sociales. Pero, anécdotas al margen, lo sustancial es que aquel descubrimiento fue el inicio de una nueva ciencia, la genómica, que ha generado a su vez una tecnología asombrosamente innovadora, la ingeniería genética, aún en sus primeras etapas de lo que se vislumbra como un recorrido de muy largo alcance.